Nos guste o no vivimos en una sociedad donde se tiende a establecer una vigilancia visual sobre muerte, sexo, identidad, cuerpo, memoria, comunicación y verdad. Hablamos de la video-vigilancia que hoy se ampara en un discurso que pretende dar legitimidad al ejercicio del poder.
Las nuevas tecnologías y métodos de vigilancia han transformado las relaciones sociales e interpersonales. Con ella, el espacio público se ha transformado en imagen pública. Es decir, en una apariencia. La vigilancia panóptica lo trastoca todo, confunde lo público con lo privado (y viceversa), lo privado con lo íntimo, y finalmente lo íntimo con lo público.
En el régimen panóptico, la vigilancia se convierte en autovigilancia, ya que no hay dónde ocultarse, y la "dictadura de la mirada" controla todo espacio público o privado.
La gran paradoja es: ¿quién vigila a quién?, ¿quién tiene el poder de vigilar? Y otro punto ¿quién realiza la vigilancia de la vigilancia?.
No cabe duda: La guerra de este siglo consiste en la vigilancia recíproca en tiempo real. Es una guerra que tiene lugar en imágenes y sonidos. Es una guerra donde la imagen como objeto sustituye al sujeto y donde ganar significa no perder de vista al oponente.
Como efecto del 11/09 y gracias al desarrollo tecnológico, en los actuales tiempos de paranoia y seguridad a ultranza en los que hoy vivimos, todo parece indicar que la privacidad es un bien en plena extinción.
“Si la privacidad está fuera de la ley, sólo los que estén fuera de la ley tendrán privacidad”.
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